De mis venas.

Siento que no pude escribir todo.
Que lo que se alojó en mi piel o lo que se apartó de ella, sigue ahí porque no lo pude volcar sangre tinta desgarrando mi piel.
Porque mis palabras se repiten y no quiero.
Porque futuro no tengo y mi pasado ES una agonía que va cobrando carácter, más espeso, más presente.
Necesito escribir y no puedo. 
Y esto de ahora, es solo un comunicado, una falla en mi.

Un pedido de auxilio, porque a quien me lea, me estoy perdiendo. 

Hace frío, ya casi no siento los dedos y lo único que pienso o todo lo que pienso, es que esta canción que estoy escuchando, aparece en un momento equivocado. 



Ocho cuarenta y cinco.

No tenemos más conversaciones, salvo saludos de cortesía (casi obligatorios).
No sabría que decirle.
Que hace frío está mañana, como la de ayer.
Que no dormí bien, como casi todas las noches.
Que tengo sueño, como todos los días a las siete de la mañana.

Que ayer estuve con amigos, bailando en una habitación con luz tenue y me sentí muy bien.
No quiero contarle eso. No creo que le importe. No quiero que le importe, sería raro.

Y a todo esto, seguimos caminando. Pero ya tomó distancia de mi (más distante).
Miro sus talones. Miro la punta de mis pies.

Se va sin saludarme y no lo noto hasta que me doy cuenta que no está delante de mi.
La cordialidad no pesaba tanto. 
Y no me extraña. Ojalá dejemos de obligarnos a llevarnos bien.

Las ocho cuarenta y cinco, hace quince minutos debería estar trabajando.