No tenemos más conversaciones, salvo saludos de cortesía (casi obligatorios).
No sabría que decirle.
Que hace frío está mañana, como la de ayer.
Que no dormí bien, como casi todas las noches.
Que tengo sueño, como todos los días a las siete de la mañana.
Que ayer estuve con amigos, bailando en una habitación con luz tenue y me sentí muy bien.
No quiero contarle eso. No creo que le importe. No quiero que le importe, sería raro.
Y a todo esto, seguimos caminando. Pero ya tomó distancia de mi (más distante).
Miro sus talones. Miro la punta de mis pies.
Se va sin saludarme y no lo noto hasta que me doy cuenta que no está delante de mi.
La cordialidad no pesaba tanto.
Y no me extraña. Ojalá dejemos de obligarnos a llevarnos bien.
Las ocho cuarenta y cinco, hace quince minutos debería estar trabajando.