Fue cuando nos sentamos que por capricho puse mi mano en su rodilla.
Nada sucedía hasta que los movimientos se fueron desplazando casi naturalmente.
Disimuladamente conduje mi mano bajo su falda.
No me resistí.
Rápidamente me acostumbre a la calidez de sus piernas y a la humedad de sus labios.
A su respiración agitada y a sus ojos cerrados.
Y sellamos la madrugada para luego volver a encontrarnos.