Escenario.

Entró la navaja y de ahí nacía la tinta/sangre de los humedecidos renglones. 
El cuaderno sangraba tinta/sangre/cenizas. 
Y con el morían las historias que se creyeron inmortalizadas. 
Tibia escena de domingo, su diario personal apuñalado, chorreándose de tinta/sangre/cenizas/historias/cafés. 
Y el desorden de quien abandonó al tiempo y se envolvió en un final irreversible. 
La cara volteada al tapiz floreado, salpicado el piso, goteado su diario, se suicido con él. 

Nadie nunca.

Aveces me beso los dedos porque te tocaron
Aveces me siento yo.
Uni los párpados pero mis ojos siguen abiertos. Y te ven. 
Guardo rencor a mi piel que no te recuerda. Que se enrojece por el sol y por el frío. 
Que se rompe y sangra. 
Los labios se rompen y sangran. 
Yo me rompo y sangro. 
Yo me rompo y silencio. 
Silencio y nada. 
Nada y yo. 
Yo otra vez, pero sin sombra. En la noche, la oscuridad, con la espalda contra el piso. 
Cuando nada me ilumina, cuando todo nada, silencio, ruido, yo, sangre, vos, piel y frio. 
Y beso mis manos porque te tocaron, te soltaron y te dejaron ir. 

Despertar

Con el primer aire de la mañana respiraría las páginas de la noche anterior, de cuando quise atrapar la suerte. 
Abrí mi ventana de par en par y la luz invadió la totalidad, la nada, lo todo. El desierto. La sequedad. 
De ahí también bebí el bosque y la montaña. 
Y se dio cuenta, todos se dieron cuenta, la necromancia, lo vivo y lo no. 
Todo estuvo ahí, presente, en esencia y en mi respirar profundo sobre las páginas de la noche anterior. 
Sobre lo que quiero escribir y escapar. 

Purgar.