Menos.

Me quemé por partes.
Cada palmo herido se desarma, cenizas. 
Con mi llanto, carbón humedecido que no sirve de nada. 

Y fui, una viva llama. 
Un incendio voraz. O no.
Tal vez fui la primer hoja seca que se consumió con el primer chispazo.

Me creí más importante.
No fui ni el comienzo, solo el alimento del caos.

No faltó el viento que me esparció a empujones. Y me perdí completamente.
No avivé las llamas, ni alimenté mucho al caos.
Solo fui un bocado más, para un torbellino de malas decisiones.

Una contradicción.

De mis venas.

Siento que no pude escribir todo.
Que lo que se alojó en mi piel o lo que se apartó de ella, sigue ahí porque no lo pude volcar sangre tinta desgarrando mi piel.
Porque mis palabras se repiten y no quiero.
Porque futuro no tengo y mi pasado ES una agonía que va cobrando carácter, más espeso, más presente.
Necesito escribir y no puedo. 
Y esto de ahora, es solo un comunicado, una falla en mi.

Un pedido de auxilio, porque a quien me lea, me estoy perdiendo. 

Hace frío, ya casi no siento los dedos y lo único que pienso o todo lo que pienso, es que esta canción que estoy escuchando, aparece en un momento equivocado. 



Ocho cuarenta y cinco.

No tenemos más conversaciones, salvo saludos de cortesía (casi obligatorios).
No sabría que decirle.
Que hace frío está mañana, como la de ayer.
Que no dormí bien, como casi todas las noches.
Que tengo sueño, como todos los días a las siete de la mañana.

Que ayer estuve con amigos, bailando en una habitación con luz tenue y me sentí muy bien.
No quiero contarle eso. No creo que le importe. No quiero que le importe, sería raro.

Y a todo esto, seguimos caminando. Pero ya tomó distancia de mi (más distante).
Miro sus talones. Miro la punta de mis pies.

Se va sin saludarme y no lo noto hasta que me doy cuenta que no está delante de mi.
La cordialidad no pesaba tanto. 
Y no me extraña. Ojalá dejemos de obligarnos a llevarnos bien.

Las ocho cuarenta y cinco, hace quince minutos debería estar trabajando.

Miedo



Me enamoré de cosas incoherentes,
inexistentes
porque así me sentía a salvo
El mundo solo me ha generado dudas
pensar, problemas
El amor, tembló la tierra
cataclismo bajo mis dormidos pies
Me agota respirar lejos de lo que quiero,
saber poco de mi, no saber hablar de mi
venderme barata al romanticismo
Enamorarme de cosas vivas y romperme
diez y seis minutos más tarde
notaré que a la vida me entregaron,
me arrojaron, o me caí
como el fruto que de la rama se desprende
me traicionaron
diez y nueve minutos mas tarde
terminaría este texto
lo volveré a leer y lo arrojaré también a la virtualidad
para que otros ojos lo vean
lo juzguen y lo desprecien
porque este texto, es otra parte viva de mi

la más frágil.

Mendigo.

Siempre hay demasiado ruido cuando intento escribirte. 
Tanta ira. 
Tartamudean mis escritos, se acallaron las voces caricias que me aliviaban. 

Nada poseo porque nada es mío porque nada es lo único que tengo. 


Sobre las letras.

La escritura es lo único que conserva mi humanidad y lo que me desprende de las leyes del reloj.
Una hoja vacía puedo ser yo, pero una unión de letras puede convertirme en cualquier cosa. 
En cualquier alguien. En absolutamente nada. En lo que mis dedos quieran. Lo que las palabras digan.
Para el mundo me pongo un traje, pero para las hojas, no hay apariencias donde pueda esconderme.

Abismo.

Mientras miro el monitor y pulso cada letra, en mi cabeza estallan palabras a las que todavía no puedo conectar.

-Tiempo Tiempo Tiempo-

Dejo de sentir que existo, estoy sintiendo que dejo de existir. 

Abundan las horas, las palabras y las personas, pero a todas las empujo al precipicio.

-¿o acaso soy yo la que salté?-

Y la espera, el final. Basta de ciclos, de besar la mejilla y suspirarnos al oído.

El calor, la luz. Todo de mi se desprende. Todo es abandono.

No sé si caigo, si subo o si di contra el suelo y me niego a perecer.

Y la noche, las ocho treinta, las horas que significaban algo, que tenían un fin. 
Cortaron el hilo de mi vida y no sé que letra pulsar, para expresar todo lo que dejé de sentir hace tiempo.

Oración.

Tal vez creas en el infierno.
Tal vez creas en la bondad de Dios. 

No haz probado bocado sin decir antes tu oración. 
Lávate las manos en el agua bendita que tus pecados perdona.

Fiel eres hombre, a la figura que desconoces.
A la que elevas tu canto y lloras tus penas.

¿Acaso socorre él a tu angustia?
¿Guía tu error y tu suerte?

Pesa sobre tu sien, tu consciencia, tu existencia.
Como crees tú que pesó su corona en ese supuesto madero.

Papel y noche.


Con el calor de mis manos ardidas, habré dibujado garabatos en alguna piel dormida.
Con mis labios cerrados habré roto promesas infieles de otros labios.
Con el desgano de mis ojos abiertos habré visto mil veces pasar al tiempo hasta que el tiempo dejo de ser. Y mil dejó de ser mil.

Un sobre roto, una carta abierta, una hoja, una. 

Buenas noches papel, tiempo ha pasado sin que recibas mis tormentos.
No es que nada haya sucedido, mucha nada ha sucedido.

Buenas noches papel.
Lo difícil de escribir, es saber que no tengo nada para decirme a mi misma.

Y si mis tristezas supieran las palabras que definan mi pesar, dejaría que sean ellas las que me escriban.
Y si las letras supieran de mi pesar.


En el espejo.
Imagen de mi imagen.


Ser.

La sangre que nos hizo, la que duele.
La carne que nos.
Hueso sobre hueso mi ser se construye, a cada tejido se le ha provisto un nombre.
Hay partes de mí que dudo saber de su existencia, su nombre siquiera.

De mi nombre, mi persona social, yo, habitante.





De saber nada.

Del amor (o lo que a ello se refiere).
Entiendo por amor, a todo aquello que disfruto hacer en soledad, lo que me pierde o me hace más yo. 
Amor quizás también sea compartir un poco de ese amor a solas.

El amor es accidente, definido, separado, pesado y cualificado.

De los versos.
La tristeza como afección natural de cada ser humano, tiene como reflejo al verso.
La tristeza puede sentirse bella y reflejar en mi cuaderno el texto más bello y triste que mi propio pulso haya trazado.
De los versos y las tristezas también el texto agónico, la nota despedida del noctámbulo abatido tras años de invisibilidad.
Sentir y hacer palabra.
Hacer palabras el sentir. Significar en letras para otros, lo que para uno no tiene palabras.
Igual no tengo ganas de escribir.

Texto.

Palabras, definame. Díganme ustedes quienes me hacen, quién soy.
Definanme letras.

Usted ante mi, quien me oye, quien me lee. Otro indefinido.
Quien sostiene su vida ante mi.
Persona.

Yo me sostengo también o son ellas, las palabras las que me sostienen.
Letra a letra.
¿Qué soy?
Estas palabras, o este silencio. 

Honestamente, de honestidad no me quedan ni las comas.
Hablando sin tapujos, no creo en la tristeza de nadie, ni siquiera en la mía.
Creo que todo sentir se ha vuelto una moda y no estamos más que aburridos.
Aburridos de nosotros.
Por eso quizás la superficialidad, los amores que no pasan del invierno.
El amor que no sobrevive sin la lluvia, que se apaga a las seis de la mañana.
Cuando hace calor, cuando el atardecer no es tan naranja y no te importa estar solo.

Siento que se nos acabaron las novelas, que ya no hay frase de Benedetti que pueda estremecernos, han hecho de Cortázar un cliché.
Si supiera él que lo llevan en un parche.
No nos quedan razones para hablarnos, todo se volvió frío.
Y cuando aparece, de vez en cuando esa luz aparece, yo sinceramente me quedo mirando y pensando en qué la encendió y qué cosas pueden pasar hasta que desaparezca.

Cuando aparece, enmudezco.